M. Isabel Bartolomé Rodríguez
La industria eléctrica en España (1880-1936). Tecnología, recursos e instituciones
Esta Tesis, supervisada por Jaime Reis, fue defendida el 20 de junio de 2003 en el Departamento de Historia y Civilización del Instituto Universitario Europeo. El tribunal compuesto por los profesores Luciano Segreto, que actuó como presidente, Giovanni Federico, Jóam Carmona y Jaime Reis le otorgó la máxima calificación.
El objetivo general de esta Tesis consiste en ampliar y mejorar nuestro conocimiento acerca de los primeros pasos de la industria eléctrica española y del proceso de electrificación que acometió. De entrada, se realiza una reconstrucción cuantitativa de las principales variables productivas y financieras del sector para, a continuación, contrastar las nuevas series resultantes con la abundante literatura referida a otros casos afines, en particular el italiano y el francés. A la luz de los nuevos datos que se aportan, la industria eléctrica española muestra un severo contraste entre su naturaleza, hidrodependiente, y su perfil de desarrollo, en apariencia similar al de otras subordinadas al carbón. Desde esta nueva perspectiva, se han revisado buena parte de los tópicos que circulaban sobre el sector y que en mayor o menor medida habían impregnado la historiografía económica española.
En el primer capítulo de la tesis se examina en detalle la evolución del parque eléctrico y su explotación durante el primer tercio del siglo XX. El capítulo aclara el perfil técnico del sector, al tiempo que ofrece una reconstrucción ex novo de sus principales variables productivas. Las nuevas series de potencia instalada y de producción que aquí y en el apéndice 1 se proporcionan cambian sustancialmente lo que hasta ahora se sabía sobre la trayectoria de la industria eléctrica española hasta la guerra civil.
Al respecto, cabe destacar los siguientes rasgos. Primero, el crecimiento de los equipos de generación fue relativamente lento en términos internacionales, fijándose este diferencial durante el primer decenio del siglo y acentuándose en el transcurso de los primeros años treinta. En segundo lugar, el rendimiento de las instalaciones fue menos intenso que en otros países hidrodependientes, lo que agudizó la desventaja en el terreno de la explotación. Por último, llama la atención la existencia de una estructura dual en la composición de los equipos, con la pervivencia de tecnologías obsolescentes, que se relaciona con un reparto territorial igualmente dicotómico.
Esta evolución a trompicones del sector eléctrico español es objeto de un análisis pormenorizado en los siguientes capítulos. En ellos se examinan los principales elementos del entorno físico e institucional que condicionaron tan peculiar desarrollo, demostrándose que el éxito en un proceso de adopción tecnológica puede ser tan sólo relativo, incluso cuando concurren las mejores máquinas y algunos de los mejores ingenieros.
El propósito central del segundo capítulo es averiguar en qué medida la riqueza hidráulica del territorio español troqueló una electrificación por brotes durante el primer tercio del siglo XX. La conclusión es que en el caso español, comparado con el italiano, la dotación de recursos naturales resultó decisiva no sólo inicialmente, sino en todos los estadios de su evolución técnica. Tanto el proceso de electrificación como la industria de generación se vieron fuertemente condicionadas por el entorno natural.
El patrimonio hidráulico no constituye ni un stock fijo ni un conjunto de elementos homogéneos. Este patrimonio varía, en términos técnicos y económicos, con las distintas tecnologías de generación y sus diferentes aplicaciones concretas. A lo largo del primer tercio del siglo XX, la frontera de aprovechamiento del agua para la obtención de electricidad se desplazó ostensiblemente afectando a la electrificación de dos maneras diferentes. La primera, porque sus características cualitativas resultaban compatibles con algunos sistemas de generación-aplicación y no con otros. La segunda, imponiendo un marco de explotación (tamaño, regularidad del caudal y distancia a los centros de consumo) que, a su vez, constituía un factor determinante de los costes de la energía. La consideración de los rasgos específicos de esta industria dependiente del agua, entre los que sobresalen su naturaleza reticular y la indivisibilidad de sus unidades productivas, ha enriquecido el análisis.
En el tercer capítulo se indaga la incidencia que sobre la evolución de la industria eléctrica española tuvieron los regímenes de acceso a los recursos hidráulicos y la intervención institucional en materia de infraestructuras productivas. La legislación española propició el libre desenvolvimiento de los factores tanto en lo relativo aprovechamiento de los cursos de agua para el establecimiento de centrales hidroeléctricas como a la configuración de los mercados locales. Al igual que en Italia, no se planificaron los esfuerzos constructivos y, aparentemente, se dieron garantías suficientes para el establecimiento de monopolios estables tanto de explotación como de distribución. Esto espoleó un crecimiento veloz en los primeros años del despliegue hidroeléctrico. Pero a partir del decenio de 1910 el acceso a los recursos hidráulicos se vio gravado por el acaparamiento de las concesiones y la dispersión de los costes de transacción, ya que los intereses lesionados por este tipo de explotación se multiplicaron con el cambio técnico acaecido en aquellos años. La no injerencia pública en la reasignación de las concesiones dificultó la constitución de grandes aprovechamientos, tanto por el aumento de los costes directos como por la creciente incertidumbre en cuanto a las condiciones explotación. Entre estos costes adicionales se distinguen los asociados al ejercicio de presión política para la obtención de favores por parte de autoridades locales. Por lo demás, sólo algunas compañías recibieron ayudas, siempre magras, para la construcción de embalses.
En el capítulo cuarto se aborda la intervención pública en los mercados eléctricos. Sus aspectos esenciales, en el período de entreguerras, fueron la regulación del acceso a los mercados urbanos y las políticas de integración mediante redes de transmisión.
En España, la regulación del acceso fue escasa y asumida por instituciones dispersas, de manera que la flexibilidad fue acompañada por ciertas dosis arbitrariedad. En este sentido, la escasa municipalización de los mercados locales, aunque no coartó su desarrollo, obligó a las empresas de generación hidroeléctrica a integrarse verticalmente para atender a la distribución del fluido en entornos urbanos.
En materia de tarifas eléctricas no se llegó nunca a conformar un marco estrictamente regulador para el conjunto del mercado eléctrico español. Los precios se congelaron a partir del decenio de 1920, pero no en niveles homogéneos, sino manteniendo los vigentes para cada empresa al inicio del conflicto bélico europeo. En relación con esto, la coincidencia de congelación tarifaria y camb
io tecnológico con la aplicación de la hidroelectricidad a la generación parece haber constituido una ventaja más que un lastre para las empresas eléctricas españolas.
La integración física de los mercados regionales españoles fue lenta y careció de ayudas estatales. La Administración abrió en dos ocasiones consultas sobre el posible tendido de una red nacional, sin resultado alguno. La madurez de los sistemas de generación y de suministro eléctrico hacía que la propuesta fuera prácticamente inviable, no sólo por su coste intrínseco, sino, sobre todo, por las fuertes inversiones que, paralelamente, exigía tanto del lado de la oferta como del de la demanda. El círculo vicioso entre oferta y demanda eléctrica en España, lamentablemente y en contra de lo que suponían los contemporáneos, no pudo convertirse en un círculo virtuoso mediante la iniciativa pública en la construcción de la red.
El capítulo quinto se dedica a las empresas españolas de suministro eléctrico y responde a un doble propósito: mejorar el conocimiento de las mismas durante el período anterior la guerra civil y averiguar en qué medida sus estrategias pudieron influir en la modesta electrificación del territorio nacional.
Aunque sin carácter concluyente, la evidencia que se presenta en este capítulo y en el apéndice 5 indica que las empresas eléctricas pasaron por dos etapas. La primera, hasta la guerra europea, estuvo marcada, igual que en otros países europeos análogos, por la presencia de capital extranjero; en tanto que en la segunda, hasta 1936, primaron las inversiones autóctonas. Esta financiación nacional, inicialmente muy intensa, mostró síntomas de desaceleración a partir de 1925, sin encontrar compensación —a diferencia de lo que ocurrió en otros países— en las inversiones exteriores. Esto contribuiría al retraso en la construcción de infraestructuras hidráulicas que sufrió el sector español en estos años y también, quizá, a la cierta debilidad financiera de las compañías que comenzaron a ejercer de cabecera regional en estos años, acometiendo la integración horizontal de aquéllas más pequeñas.
La estructura empresarial del sector eléctrico español también mostró signos de singularidad hasta 1930: pese a que crecieron en tamaño y se especializaron funcionalmente, las grandes empresas y sus satélites no llegaron a ocupar el mercado por entero, de modo que siguió siendo posible la entrada en el negocio, incluso a gran escala. Sin embargo, bajo la aparente fragmentación —y pese a la real descoordinación productiva—, buena parte de las empresas mantenían desde 1918 alianzas de diversa índole que obedecían en buena medida a su común de dependencia de los bancos industriales españoles.
Las razones tanto del distanciamiento de las empresas españolas respecto de las corrientes internacionales de financiación como de su estructura relativamente atrasada han sido analizadas desde una perspectiva institucional e industrial. Ni el Estado ni las empresas se arriesgaron en la segunda mitad de los años veinte, ya fuera invirtiendo ya favoreciendo la penetración de capital exterior. Y en los primeros treinta las compañías se mostraron renuentes a cualquier intento de rebaja sustancial de los precios de la energía eléctrica. Desde la lógica del negocio nada de ello resulta extraño, al comprobar que las expectativas de las compañías eléctricas empeoraron sensiblemente durante el decenio anterior al conflicto civil. Las posibilidades efectivas de ampliar el consumo de energía eléctrica en España eran relativamente limitadas, tanto por parte de demandantes privados como de demandantes institucionales. En consecuencia, no se preveía un aumento significativo de los rendimientos de las compañías que rompiese el círculo de la pobreza de un sistema eléctrico que, en vísperas de la guerra civil, alumbraba más que electrificaba el territorio español.
Una cuestión diferente es qué ocurrió en la inmediata postguerra cuando el mercado eléctrico, una vez colonizado por entero y disfrutando de rendimientos crecidos, se mantuvo con precios elevados y con políticas de inversión igualmente conservadoras. Pero, entonces sí, el marco institucional había cambiado ostensiblemente. |